Hay cosas en la vida que prefieres tener resueltas antes de necesitarlas.

Y esta es una de ellas, de verdad.
Aguanta el baile.

Cuando todo va bien, pensar en un seguro de vida da bastante pereza. No quieres pensar en qué pasaría si faltaras, ni en una enfermedad, una incapacidad,
ni en cómo se las arreglaría tu familia.

Lo entiendo. Conversaciones incómodas.

El problema es que hay decisiones que funcionan mucho mejor cuando las tomas antes de necesitarlas.

No estoy aquí convencerte de que contrates un seguro.

Sino para ayudarte a entender qué necesitas, cuánto necesitas y, sobre todo, qué errores deberías evitar.

Porque un seguro de vida no debería ser un papel más que firmas y luego lo guardas en un cajón hasta que (buena suerte o mala suerte) lo necesitas. 

Por ejemplo:

Si mañana faltaras, tu familia no solo tendría que enfrentarse a tu ausencia y seguir pagando la hipoteca, los gastos de casa, la educación de tus hijos y todo aquello que hoy pagas tú.

Y ahí aparece la primera pregunta importante:

¿Cuánto dinero necesitarían realmente?

No, no hay una cifra que sirva para todo el mundo.

Depende de tus ingresos.

De tus gastos.

De tus deudas.

De la edad de tus hijos.

De lo que quieras dejar cubierto.

Y también de cuánto puedes pagar hoy sin que proteger tu futuro se convierta en un problema para tu presente.

Porque no se trata de asegurarte por mucho. Se trata de asegurarte bien.

Y hay otro detalle importante.

Tu seguro del banco probablemente está pensado para proteger al banco.

Es lógico.

Si tienes una hipoteca y ocurre algo, el banco cobra y la deuda queda resuelta.

Perfecto.

Pero después de pagar la hipoteca…

¿qué queda para tu familia?

Porque quizá hayas protegido la casa, pero no necesariamente la vida que hay dentro de ella.

Por eso, si ya tienes un seguro de vida con tu banco, no significa necesariamente que no necesites nada más.

Significa que conviene mirar qué tienes y, sobretodo, qué te falta.

“Pero si ya tengo un seguro de vida…”

Perfecto.

Pero yo te haría unas cuantas preguntas.

¿Quién aparece como beneficiario?

¿Qué capital tienes contratado?

¿Se reduce cada año?

¿Incluye invalidez?

¿Incluye anticipo para gastos de sepelio?

¿Incluye anticipo del impuesto de sucesiones?

¿Sabes qué ocurriría exactamente si mañana no estuvieras?

Y, sobre todo:

¿Confías en la persona que te lo hizo?

Porque contratar una póliza es relativamente fácil.

Lo complicado es saber si está bien planteada.

“Yo no tengo hijos. Entonces esto no es para mí.”

Puede que sí, puede que no.

Pero hay algo que mucha gente pasa por alto. Un seguro de vida no solo sirve cuando te vas al otro lado, también puede protegerte si una enfermedad o un accidente te deja en una situación de incapacidad.

Y en ese caso, el dinero no es para tu familia. Es para ti.

Para adaptar tu casa.

Para contratar ayuda.

Para cubrir ingresos que ya no puedes generar.

Para tener margen cuando más lo necesitas.

Porque nadie sabe lo que va a pasar, pero sí puedes decidir qué haces si pasa.

“Ya está la Seguridad Social para eso.”

Sí.

Y hace un trabajo importante.

Pero la pregunta buena aquí es:

¿es suficiente para tu familia?

Porque una pensión de viudedad puede llegar hasta el 52% de la base reguladora y, en determinados casos, hasta el 70%. La de orfandad suele ser del 20% por hijo. Y en una incapacidad permanente total, la prestación puede llegar hasta el 55%.

¿Te parece suficiente?

Puede que sí, puede que no.

Pero antes de decidirlo, conviene hacer números.

Para que puedas entender todo esto, suscríbete.

Sin letra pequeña.

Sin que nadie intente venderte algo que no necesitas.

Porque hay una diferencia enorme entre “Tengo un seguro de vida” y “Sé que mi familia estaría protegida si mañana me pasa algo.”

Nosotros queremos que estés en la segunda. Te ayudamos a poner números a tu situación y a entender qué tendría sentido proteger.

¿Y cuánto debería tener contratado?

Aquí es donde normalmente alguien te dice una cifra.

500.000 €, 300.000 €, 1 millón.

Y ya está.

Pero no funciona así.

La cantidad adecuada depende de ti.

De tus ingresos.

De tus gastos.

De tus deudas.

De tus hijos.

De los años que quieras cubrir.

Y de tu situación actual.

Por eso nosotros hacemos los números contigo.

Para encontrar un equilibrio entre proteger lo que importa y seguir viviendo bien hoy.

Porque tampoco tendría mucho sentido pagar tanto por proteger tu futuro que termines empeorando tu presente, ¿no?

Y hay otra cosa que quiero que tengas clara.

Cuando llegue el momento de utilizar el seguro, tú no vas a estar para reclamarlo. Pero nosotros sí.

Si llega el momento, tu familia no tendrá que enfrentarse sola a una centralita, a papeles o a procesos que no entiende.

Podrá acudir directamente a nosotros y seremos nosotros quién nos encargaremos de acompañarla durante todo el proceso para que reciba lo que le corresponde.

Y sí, también están los impuestos.

El cobro de un seguro de vida puede tributar por IRPF o por el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones, dependiendo de quién sea el tomador y quién sea el beneficiario.

No es precisamente el tema más divertido del mundo, pero es importante entenderlo.

Porque saber cómo funciona antes de contratar puede evitarte sorpresas después.
Hay situaciones en las que la propia póliza puede anticipar determinados gastos, como el impuesto de sucesiones o los gastos de sepelio.

Son pequeños detalles, hasta que dejan de serlo.

Entonces, ¿qué haces ahora?

Nada. Bueno, casi nada.

Primero, entender tu situación. Después, hacer números. Y solo entonces decidir si necesitas cambiar algo.

No tienes que contratar nada porque hayas llegado hasta aquí, ni tienes que confiar en nosotros porque lo digamos nosotros, pero sí creo que merece la pena que te hagas una pregunta:

Si mañana no estuvieras, ¿tu familia podría mantener su vida tal y como está hoy?

Si la respuesta es sí, perfecto.

Si es no, mejor descubrirlo ahora que dentro de diez años.

La manera más placentera de proteger lo que has construido.

Te ayudamos a entender cuánto necesitas, qué tienes y qué te falta.

Sin complicarte, sin venderte humo, y sin esperar a que sea demasiado tarde.

Calcula tu situación y descubre qué necesitas realmente.

Si prefieres hablarlo con alguien, puedes hacerlo.

Nos sentamos, vemos tu situación, hacemos números contigo, y te explicamos las opciones. Si tiene sentido para ti, seguimos. Y si no, no pasa nada. No vamos a intentar venderte un seguro que no necesitas.

Una última cosa.

No necesitas esperar a tener hijos o una hipoteca. Ni cumplir los 40 o tener una vida perfectamente montada. De hecho, cuanto antes tengas claro cómo proteger lo que has construido, más fácil suele ser hacerlo. Hay decisiones que cuanto antes tomes, menos necesitas pensar en ellas después.

Y esta es una de ellas.

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